Skip to content

Jun 19 , 2015

  • Síganos en Google+
  • Síganos en Facebook
  • Síganos en Twitter
  • Síganos por RSS

Entusiasmo

by El Carlista
Entusiasmo

Nuestra condición de hombres modernos no siempre nos permite ver con claridad ciertos males y mucho menos cuando su apariencia de bienes es más o menos tentadora.
El entusiasmo es claramente uno de estos y las más de las veces causa males sin cuento. Sucede en política, en el romanticismo desarraigado de las cosas que pesan y posan, en religión, en las relaciones humanas y en todo lo demás. Nada resulta más contagioso, afirma Coleridge.

De Calderón Bouchet podemos tomar la mar de enseñanzas o reducirlo a unas pocas ideas claras, como surge de todo esfuerzo esquemático.
Subidos a éste, sin dudas una de sus enseñanzas capitales es que el hombre es básicamente lo mismo en todo tiempo y lugar y poco es lo que queda por inventar o descubrir, o tal vez nada.

Esta idea la confirma el estudio de la Historia y, como no podía ser de otro modo, el de la Historia de la Iglesia.
Uno de los que ha escrito muchas obras sobre el tema, tan pleno de buen sentido, maestro seguro en esto –aunque menos en otras cuestiones-, fue Hilaire Belloc. Vemos con él como las herejías y otras cuestiones se repiten una y otra vez. Difícilmente lo que aparezcan sean novedades. No otra cosa es el modernismo, que resumidamente podemos decir que supo aunar todos estos errores bajo una misma herejía englobante.

En su Historia de Inglaterra, al tratar sobre lo que persistió luego de Wycliffe, nos dice que “se denominó lollardismo: que no es una herejía fija y definible, sino un espíritu de entusiasmo religioso, acompañado con el canto de salmos y un antagonismo general contra la Iglesia oficial”.

Es para preguntarse, y que cada uno se responda, cuánto hay de “entusiasmo por el antagonismo” en ciertos movimientos tradicionalistas que ciertamente no son heréticos, pero de los que es mejor guardar prudente distancia.
Con la respuesta sincera a esta pregunta tal vez podamos atisbar las causas del estado de situación que describió el P. Calmel y que leíamos en un artículo anterior.

La Historia no sirve para mucho más que para permitirnos ver más claro el presente, entender causas y andar con tiento. Lo mismo con la Filosofía, aunque ésta tiene además su rol de sierva de la Teología. A quien no le peguen así estas ciencias, por más que también puedan ser útiles para pasar lícitos ratos de ocio, mejor que se dedique a leer novelas policiales, cuentos o poesía, pues lo que ha quedado claro es que lo único que se logra en caso contrario es pertrechar de buenos argumentos al entusiasmo, causa de “la herejía perenne”, al decir de Thomas Molnar: “se advierte un impulso irresistible a escudriñar todo lo que la imaginación ha logrado conjurar”. Es la inteligencia engendrado la estupidez.