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Dic 15 , 2015

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Legales

by Juan Lagalaye
Legales

Suele explicar Clarita que la Iglesia es un imperio y que como tal nunca admite equivocarse. Sin embargo, en los actos de gobierno en los que no está comprometida la substancia de su misión, la contingencia del yerro es posible atento la falibilidad, que como posibilidad, afecta a las acciones humanas y ... cuando talmente sucede, para resguardar la majestad, en lugar de reconocerlo llanamente, la solución se da con el transcurso del tiempo y por medio de actos sucesivos y preferiblemente, si no subrepticios, sí, disimulados.
Así ha sucedido, casi cuarenta años después de que las autoridades romanas suspendieran "a divinis" a monseñor Marcel Lefebvre y abandonada, consecuentemente, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X a una situación irregular, cuando, el santo padre, entre las medidas dispuestas con ocasión del Año Santo iniciado el 8 de diciembre pasado, atribuyó jurisdicción ordinaria a sus sacerdotes, culminando de tal manera el proceso de reconocimiento de la sociedad aludida como congregación regular.
Dicho proceso tuvo, quizás, como primer paso, el comunicado de la comisión pontificia Ecclesia Dei del 18 de enero del 2003, suscripto por Mons. Camilo Perl, su secretario, determinando que "se cumple la obligación dominical asistiendo a una misa celebrada por un sacerdote de la F. San Pío X".
Más adelante, esa silenciada decisión, que podía beneficiar a fieles inhibidos por sus escrúpulos, tuvo una ratificación de alcance general con el motu proprio "Summorum Pnotificum" que reconoció la potestad de los sacerdotes de celebrar la así llamada misa tridentina. Tal decreto, que entiendo que se nos presenta en el medio siglo de la penumbra conciliar como el único paso ensayado por la autoridad romana en pos de la restauración de la Iglesia, tuvo, por lo demás, el significado de despojar de fundamento a las sanciones tomadas en contra de Mons. Lefebvre y sus seguidores, puesto que de sus considerandos resultó que la misa negada, rechazada, perseguida, nunca fue abrogada, confesión que mereció de un capellán castrense que frecuenta nuestros ambientes, la proclamación, con fingida sorpresa, de que dos papas nos habían mentido.
El posterior levantamiento de las excomuniones a los obispos de la FSSPX sin que mediara por parte de ellos retractación alguna, fue la admisión implícita de la injusta sanción. El hecho de que los prelados solicitaran dicha reivindicación no empece su inocencia, pues cualquier víctima de una medida arbitraria puede, sin riesgo de consentir la misma, procurar su derogación para salvaguarda de la honra debida, más cuando ésta está vinculada a una tarea especialmente dirigida al bien común como lo es el ejercicio de la función episcopal.
Podía, ciertamente, preverse este desenlace, al conocerse nueve meses atrás una medida que favoreció la situación legal de los integrantes de la sociedad cuestionada en la Argentina, por la condición de quien facilitó de manera determinante la adopción de la misma. Recuerdo que en aquellos días entreví un avance muy grande en la consideración pública de la hermandad sacerdotal, puesto que el Estado argentino y la Iglesia reconocían su carácter de congregación católica, que en el caso de la institución aludida en último término, quedaba comprometida en su dimensión universal: no hay que ser muy listo para advertir qué nivel de aprobación requieren las decisiones de la arquidiócesis de Buenos Aires.
El trayecto reseñado, que confirmaría la regla enunciada al principio del artículo, expuesto a Marcelo González, suscitó de mi interlocutor el comentario de que la misma consideración había oído mucho tiempo atrás de boca de Luis Ma. Seligmann, quien sostenía que la solución al problema planteado a las autoridades eclesiásticas por la situación de la FSSPX, no se daría por la vía de un acuerdo sino a través de distintas medidas que concluirían en su regularización.
Es decir, que la mentada congregación, ubicada como quizás ninguna otra hoy en las entrañas de la Iglesia, ha obtenido de ésta el reconocimiento pleno. Y ello, sin someterse a acuerdo alguno ni aceptar compromisos que la apartaran del espíritu con que fue fundada. Esto último, para frustración de aquellos que se han dedicado a hostigarla, denunciando traiciones y felonías, por no haber hecho otra cosa sus superiores que dar cumplimiento a las constituciones de la hermandad, que les imponen estar a disposición de las autoridades romanas.
Dicho aspecto es, por otra parte, de particular importancia en el carácter de la congregación, impreso singularmente por el fundador. Él mismo, tuvo en la orientación a Roma el signo distintivo de su ministerio sacerdotal. Se formó para el sacerdocio en Roma -siendo testigo aun en esa época, cómo desde la jerarquía máxima se promovía a los modernistas y se apartaba a los integristas- y a Roma siempre sirvió, incluso resistiéndola. Puso en ese espíritu hasta los signos: después del seminario de Ecône erigió la casa de Albano, para que sacerdotes y seminaristas se nutrieran de la savia romana y, en la proximidad de su muerte, la única solicitud del ejemplar paciente -según el testimonio de quienes lo asistieron- fue que la cama estuviese dirigida a la Ciudad Eterna.
Sostuve que resistiéndola sirvió a Roma. Así fue, cumpliendo acabadamente el mandato de San Pablo en la epístola a los romanos -precisamente-, de que la primer obediencia es a la Fe.
Esa piadosa actitud fue la que lo movió a intentar muchas veces una solución, olvidando innumerables menosprecios inmerecidos por sus servicios y su dignidad. Así no desdeñó un acuerdo ni desechó una interpretación del concilio a la luz de la Tradición, sabiendo que esto sería sencillamente un parche.
El mismo acuerdo, que en un principio aceptó, debía producirle una íntima violencia, por cuanto, para un hombre respetuoso de las jerarquías, tal forma, propia de quienes se encuentran en una posición de igualdad, no sería la más conveniente para su obra, eminentemente de Iglesia, obra esta sí de Dios como no fue suscitada otra en el siglo pasado.
Insisto en el concepto: obra de Dios. Fundada para la conservación del sacerdocio y perpetuación del verdadero Sacrificio. Condenada por los poderes eclesiásticos y denigrada por los poderes mundanos, tildada de cismática por auténticos herejes, sobrevivió a muchas muertes anunciadas (la suspensión "a divinis" y muerte de su fundador, las excomuniones, entre otras) con vigor renovado, se distinguió de los verdaderos cismas y de las segregaciones de Roma, porque careció de apoyos políticos o financieros, encontrando exclusivo sostén en la fuerza espiritual de la Verdad evangélica y parangonándose su acción, sin desmedirme en la afirmación, con la de los primeros cristianos.
Es por ello, que en un siglo en el que sobresalieron paladines en la lucha en contra de la Revolución como San Pío X, los cardenales Billot (resistente a la condena de la Acción Francesa), y Mindszenty y Slypik (resistentes a la tiranía soviética y víctimas de la arbitrariedad de la jerarquía eclesiástica), entiendo que el papel asumido por Mons. Lefebvre ha sido de una relevancia singular, porque le tocó, no reparar las grietas de la casa, puesto que ya había sido barrida por el viento, sino emprender la reconstrucción desde los escombros, oponiéndose a la voluntad de administradores cómplices de la demolición o inactivos ante ella. Así, si la historia nos ofrece todavía la posibilidad de unas décadas por delante -¿quién conoce el día y la hora?- no es aventurado presumir el encumbramiento oficial del santo prelado.
En tren de tratar de entender los hechos que nos sacuden, se me ocurre acudir a aquella visión expuesta por el padre Meinvielle en la conclusión de su magnífico libro "De la Cábala al Progresismo", editado a fines de los sesenta. Allí, el recordado maestro, exponía la posibilidad -atento el curso de los acontecimientos- de la existencia de un papa que gobernase dos iglesias: una, la de la publicidad y otra, la de las promesas.
Muchos vimos su cumplimiento con el pontificado de Juan Pablo II, pero, su inconsistencia radicó en una inflación de popularidad, no correspondida con la expansión del rebaño; por el contrario, su reducción continuó como consecuencia lógica de la pérdida de seriedad de una iglesia que dejó de considerarse único camino de salvación. Mas, con todo, la doctrina moral, aunque con una fundamentación en la que hizo mella el personalismo, mantuvo la irreductibilidad frente a la charca inmunda que hoy encuentra vía libre, siendo tal posición motivo de censura por parte de los medios.
Distinta a la situación en la que nos encontramos, en que la abdicación de un poder de juicio que no es facultativo, celebra y aplaude la prensa, además de fomentar las expectativas de un vale todo que reduce la calificación de pecados a la corrupción y los ataques a la ecología, extremos que merecerían en espíritus honestos la reflexión acerca del significado evangélico que tienen el repudio y la aprobación mundanos.
Enfrentada a esta torpe y lamentable caricatura, podemos ubicar, en el lugar principal que siempre le correspondió pero ahora con el reconocimiento indiscutible de congregación católica, a la FSSPX y, junto a ella, a todos aquellos fieles -clérigos y laicos- que hoy advierten la razón de su combate y que en el propio, a la defensa de la moral tradicional añaden la de la misa de siempre, dando valor a la insistencia de Mons. Lefebvre en la formulación del antiguo aforismo: "lex orandi, lex credendi".
En la fiesta de la Santísima Virgen, Mediadora de todas las Gracias, bajo cuya advocación se erigió la primer capilla de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en nuestro continente.