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Jul 24 , 2015

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Maestro

by Johnny Walker
Maestro
La reciente publicación por el propietario de la página de la noticia fúnebre efectuada oportunamente por ese nobilísimo argentino –de estirpe rusa- que es Nicolás Kasanzew acerca del añorado Alberto Falcionelli, pone sobre el papel de una manera sencilla cómo, más allá de nacionalidades u orígenes diversos, los hombres pueden conjugar esfuerzos y establecer amistades, fundados, no en un internacionalismo igualador sino en la universalidad de la Fe.
Y esa memoria trajo a mí la evocación de esos años sesenta que, en mi caso, produjeron una huella de tal hondura como para acompañarme -dicho esto sin presunción, puesto que, a pesar de mi vanidad, aborrezco la torpeza de desconocer lo recibido graciosamente- hasta la muerte (por mi avanzada edad, en peligroso acecho).
Es que, en el albor de la década aludida, comenzando recién la secundaria, tuve la fortuna de encontrarme a cargo del dictado de una materia desafortunada –Educación democrática- a un religioso marista, el Hno. Deltín, español él, quien a fuerza de machacar acerca de la masonería, de Rosas y de todas esas cosas, produjo en muy poco tiempo mi conversión al Nacionalismo, que con el solo aditamento de argentino no precisa de especificación complementaria.
Pero ese período, a pesar de ser aquel en el que los católicos fuimos azotados desprevenidamente por la tempestad conciliar, me ofreció, por la temprana relación con la corriente política aludida, la lectura de dos obras que completaron mi –rudimentaria, por defecto estricto del recipiente- formación: El problema de Occidente y los cristianos de Federico Wilhemsen y  la Sociedad occidental y guerra revolucionaria. El primero de ellos produjo mi definitiva adhesión al Carlismo y el segundo, el que me considerara hermanado a los legitimistas franceses y los zaristas rusos, sin por ello aceptar el concurso a una “internacional fascista”, como tampoco lo consentía José Antonio, aunque sí a una suerte de “internacional de los anarquistas de derecha”, talmente expresada con el habitual humor del homenajeado, la resistencia necesaria de los hombres de bien a la tiranía de los estados modernos.
La omisión de Kasanzew de mencionar este libro, que habrá de deberse, seguramente, al desconocimiento de su existencia, me mueve a recomendar con énfasis -si es posible conseguirlo- su lectura, puesto que en él se explica con la claridad y agudeza que distinguieron al autor, el desarrollo trágico de los tres últimos siglos, no desechando, a pesar de ello, la posibilidad de un encarrilamiento en el devenir histórico.
Por esa peculiar perspicacia con que abonaba sus juicios, es que en este momento tan particular echamos especialmente de menos su presencia -humana- puesto que, de contar con ellos, tendríamos una orientación segura para apreciar los acontecimientos mundiales y, de manera singular, la actualidad rusa, cuando a algunos elementos que la exaltan en la confrontación respecto del Occidente, podemos añadir la sorpresa de que en estos días se tratan en la Duma proyectos como el de invitar a la familia imperial a que fije en aquellos lares su residencia y asignarle como función específica la de asegurar la unidad y la estabilidad de la nación. Y no es que pretendamos apresurarnos y aceptar sin más la propuesta de aquel capellán militar que ha acomodado en sus devociones las preces de la Iglesia, rogando por la conversión del papa y las intenciones de Rusia.
Una última referencia cabe a aquella actividad destacada por el valiente cronista de la guerra de Malvinas y defensor de su causa, desconocida para muchos de los admiradores y seguidores del querido Alberto, que es que el notable intelectual puso sus conocimientos a disposición de su patria de adopción en las cuestiones de Estado, dando la oportunidad de aplicarlos a la política práctica.
Pero no sólo fue asesor en la cancillería en el momento en que se vislumbraba para nuestros países el avance de la penetración marxista operada por la punta de lanza que significó el castrismo; cuando todavía el mundo bobo de las democracias liberales adulaba al tirano barbado, a través de un efímero contacto con él pudo advertir su impronta marxista aún encubierta, manifestándole a Elsa, su mujer: “simpatiquísimo, pero comunista hasta la médula”. Precisamente en ese ámbito volvió a encontrarse con algunos de esos jóvenes que habían abandonado el discipulado del padre Meinvielle, quizás por la precipitación de alcanzar logros personales, pero que, en la nueva circunstancia, pudieron tomar provecho de la sapiencia del ilustre sovietólogo; uno de ellos, pasados los años y transcurrido ya el “menemato”, en el que fue ministro, le confesó a su vecina de “country”, nuestra buena amiga Pirincha, que en esa materia, les había enseñado todo.
También, y esto lo pongo de mi coleto, o, en rigor de verdad, del de mi padre: cuando fue destinado al SIDE, conoció en el organismo al “profesor francés”, ocupado en la forma de encarar esta “novedad” americana, colaborando, indudablemente en la elaboración del “proto-Plan Cóndor” denunciado hace pocos años por un tal Jorge Ubertalli como de la autoría de aquél, cuya oportuna muerte –por anterior a la publicación- le evitó a mi viejo, muy posiblemente, los rigores carcelarios de Marcos Paz.
Sin embargo, los auxilios que de una u otra manera nos brindara, los retribuí con muy mala paga, ya que me soportó como gravamen durante sus últimos quince años y Clarita lo viene haciendo desde hace treinticinco.