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Sep 23 , 2015

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Un hilito de vida

by Dardo J Calderon
Un hilito de vida

Cuando uno va llegando a una edad en que el cuerpo va muriendo por partes, desde las muelas, los pelos, las articulaciones, las digestiones y las evacuaciones; pues recién se va tomando clara conciencia de ese hilito frágil de vida que poseemos y que más que seres vivos, somos seres agonizantes. Da risa pensar que hay un “derecho” a la vida de cuya titularidad, lo único cierto que tengo, es que va a ser conculcado y de la peor manera. Es tan ridículo andar meneando el carnet de “vivo”, con registración en la ONU, ante el cáncer, ante la ateroesclerosis o ante el mal de Parkinson; ni qué decir ante una bomba que viene silbando su cancioncilla derechito a la cabeza.

El ir inaugurando la vejez pasa por un estado de desencuentro con el propio cuerpo; el viejo burro comienza a fallarnos y demuestra con un patetismo sorpresivo que finalmente era él, y no nuestra alma siempre juvenil, ni la declaración de derechos del hombre, el que iba a definir el límite hasta dónde llega la carrera que, en tiempos mozos, arremetía llevándolo todo a la rastra. Es al final este montón de tripas el que dice la última palabra, y nuestros sueños de amor y de gloria van sintiendo los confines de una torpe ambición que se limita ya a hacer durar la vieja máquina que tose llena de apetencias miserables que le son negadas. Esta dulce herramienta del alma que otrora bailara, se hace cansina, todo lastre se hace pesado, y aunque sigamos soñando con una carga de caballería, la ilusión se disipa y toda la tarea consiste ya en poder llevar el trasero hasta la silla de montar, lo cual pasa a ser una verdadera conquista y en breve, una enorme molestia. La psiquis ya no soporta ni las ilusiones, ni las realidades.

Esta situación que describo y más en estos momentos de tristeza en que un amigo sufre los embates humillantes de la enfermedad y los aún más humillantes de la medicina, nos podría llevar por el camino desesperante de un alma que se encuentra prisionera de algo tan leve como es el cuerpo que la contiene; sentir como una herida insufrible para el alma, tan llena de potencia y juventud, este débil y falluto compañero que la abandona, la achica, la hace incomprensible y la priva de sentido. ¿Por qué algo tan extenso, tan dilatado, tan eterno, tan potente, se encuentra metido en este sarcófago de mínima proporción y de escasa duración, que se va destartalando de manera ominosa?

Sabemos la explicación: la vejez y la muerte son sin duda el resultado del pecado; un mal, una condición por la que innumerables poetas se han quejado de los dioses “¡pronto muere el amado de los dioses!”. Sin duda alguna estos dos elementos, alma y cuerpo, fueron concebidos para ayudarse y promover una expansión del espíritu humano, pero… esta condena recaída parece desproporcionada y en el fondo, una burla. Ya que puesto el cuerpo en estas degradantes condiciones ¿por qué mantener el alma en ese estado de potencia inactualizable, con esas ansias inconmensurables? Hubiera sido más misericorde el haberla rebajado a proporciones adecuadas, la de un animal más refinado pero sin deseos de eternidad. Que los dos se acompañaran de forma más acorde, con ansias parejas a sus posibilidades y que se fueran apagando conjuntamente, que la suerte del uno no se sintiera como un fracaso para el otro. En el fondo, todo el intento humanista, no es otra cosa más que achicar el alma a la medida de la vida humana, para evitar un sufrimiento que se hace insoportable.

Me dirán que para superar esta desesperación y este sufrimiento, está la fe y la esperanza; pero no nos engañemos, la Fe no es más que otro pequeño hilito, como la vida misma, casi más a la medida del cuerpo que a la medida del alma. Es como si el cuerpo espiara por una rendija de la pared una vida que es para el alma, que transcurre en un salón inmenso y del que sólo alcanzamos a ver una ínfima parte, algunos destellos, unos pocos ecos de una música lejana que no llegamos a comprender, sonidos de una fiesta a la que no podemos entrar, hecha para nuestra alma, pero interdicta para la vida humana. La Fe es una esperanza a la que el cuerpo contradice, nada de lo que allí se promete satisface a la vida humana; para esta vida, todas sus promesas son irrealizables y sólo aumentan el sufrimiento. Sí, son virtudes, pero virtudes en nuestra condición carnal, pues si nos atenemos al dato revelado, una vez muertos ya no hacen falta. Son para esta vida y, aún con ellas, no alcanzamos a satisfacer la medida del alma. El alma no descansa en la fe que espera, sólo descansa en la posesión del bien ansiado. Son como la vida misma, una tensión sufriente, una débil conexión que nos habla de cosas inefables y en esta vida, inalcanzables. Al punto todo que muchas veces son la fe, su esperanza y la vida misma, las que se presentan como una condena y no la muerte, que en ese estado, aparece como una liberación. Basta con leer a Borges (ya sea en el Averión o en sus propias declaraciones ante los reportajes) para que estas ideas se nos hagan patentes: ¡qué bueno es morir! Salir de este laberinto infame que creíamos enorme y eternamente renovado, siendo que son dos o tres callejas, con unas pocas puertas a las que el andar en círculos hacen aparecer como infinitas; basta con vivir en este mundo para que esta horrible tentación desesperada se nos haga carne.

Mirando la vida humana, cuando fuimos condenados a la muerte, en realidad estuvimos condenados a la vida; es esta la verdadera condena y, si fuera un derecho, tendría que tener la contrapartida de poder ser renunciado cuando se hace molesto e intolerable, como nos podemos desprender de las viejas posesiones que ya dan sólo trabajo y ninguna satisfacción. Cuando fuimos apartados de Su presencia, en realidad fuimos condenados a la fe. Desde allí, Adán sufre su vida, y sufre su fe esperanzada. La vida y la fe, para ser algo “positivo”, pues debían tener un cambio fundamental, tenían que perder ese carácter de “condena”, tenían que ser un triunfo sobre la muerte y la corrupción, pues si estas siguen estando presentes, nada se ha solucionado. ¿¡Y es que acaso han desaparecido?!

Concebir la vida humana y, más aún, concebir la fe desde el hombre - desde su inmanencia - como fuerzas positivas en sí mismas, es una de las estupideces más grandes que se pueden escuchar cuando asistimos al espectáculo definitivo de la agonía. Ser “pró-vida” sólo puede significar una imbecilidad adolescente expresada en el ámbito del picnic de la primavera y que se torna en mueca cuando caminamos los pasillos de un hospital. En este plano es más entendible el derecho a la eutanasia. “No entiendo el miedo a la muerte” - decía Mark Twain – “en gentes que han tenido que vivir”. Ni la vida ni la fe (repito; esta última en su carácter de tendencia interior que impulsa la vitalidad por creer en “algo”, y aun cuando ese algo sea un Dios o un Cristo) dejan de ser una condena que la vejez, los achaques y las miserias delatan en toda su palpable realidad, y que se hacen más insoportables en la medida que el recuerdo de la juventud perdida torna más patente la decadencia. Esa “vida humana” y esa “fe humana” no son más que una promesa incumplida, una chance frustrada, una burla cruel para el hombre que se hincha de deseos absurdos en una condición carnal que prontamente lo humilla en un final escabroso y, que lo hace perder su existencia entre el infinito anecdotario parlanchín y mentiroso de la historia; de la historia de una especie animal enferma de espíritu, que como las prostitutas, ríe la primer etapa de su vida y llora amargamente desde el primer atisbo de corrupción.

Por supuesto que es infinitamente más inteligente el planteo “borgiano” que esta celebración absurda de la vida que se hace desde las usinas ideológicas, las que bien cebadas por el Astuto, la convierten en objeto de un culto, de una “fe en la vida”, en la vida del hombre, que tras un cortísimo período de euforia, se nos ríe en la cara cuando en breve nos damos cuenta que sobre ella reina la muerte y que finalmente lo que nos queda es ese fracaso, al punto que hasta la vida misma es mala por fraudulenta.

El modernismo pretende sacarnos de este funesto diagnóstico proponiendo la fe en un Cristo Humano, para que en Él veamos a Dios dignificando la vida del hombre, para que este ladrón del fuego divino venga a dar sentido a nuestras vidas en el juego con este fuego humanizado. Vidas humanas que cobrarían por su ejemplo “humano” una nueva vitalidad, una renovada confianza en la vida misma. Y suena bastante bien sino fuera porque seguimos muriendo, porque seguimos envejeciendo y agonizando, siendo crueles, egoístas, carnales; y cada vez más, no menos. Seguimos poseyendo un alma que sufre la vida como un límite insoportable (“La insoportable levedad del ser” que tan gráfica, o pornográficamente, supo pintar Kundera). Cristo termina siendo una nueva estafa. La fe es un engaña pichanga, la esperanza es un cuento.

La vida humana es efímera y dolorosa, si esto produjo el pecado original, no se ve que Cristo lo haya solucionado, no veo en qué sentido práctico o efectivo este Cristo ha protegido o establecido las garantías para que no sea conculcado este derecho. La fe tampoco modifica esta realidad; no sé si puedo mover montañas – yo no he podido- pero nadie ha podido por ella aumentar un codo a su estatura, ni sortear el día prefijado de la muerte. Ni siquiera evitar la miseria del pecado, esas tentaciones que se llaman “del cuerpo” y que sin embargo nos persiguen cuando el cuerpo está rendido para burlarse de la impotencia; sin duda el viento que sopla, sopla de otro lado.

Si Cristo vino a reformar la vida humana, pues, ha rotundamente fracasado; sin duda alguna ha hecho más la ciencia, el derecho y la política por esta hermosa causa, que aquel Galileo.

Este humanismo modernista no hace más que dar otra vuelta de tuerca a la desilusión, mover monigotes delante de los tontos ocultando que sólo los espera una sala de hospital – en el mejor de los casos- donde unos científicos nos harán la filantrópica bondad de despanzurrarnos y llenarnos de tubos, para por fin decirnos que nuestra propia mierda le ganó a la vida. “Nuestra vida”, la “vida humana”, sigue siendo la misma desde Adán hasta la fecha; y si Cristo vino a vivir “nuestra vida”, para así sanarla, pues nada ha solucionado. No voy a entrar en la trampa de que vino para “comenzar algo”, para que a partir de Él nosotros aprendamos a vivir “nuestra vida humana” y progresemos a través de la historia en una conquista que lo tiene como ejemplo, como “precursor” de una “redención” que debemos acabar y actualizar nosotros los humanos, y que pasa por una dignidad que la vida humana cobra en Su encarnación. Esta charanga modernista no resiste la experiencia de la vida tal como es; y la confianza en el “hombre futuro”, en la Especie, me tiene muy sin cuidado cuando son mis dientes los que caen y mis coyunturas las que crujen. Si un dios vino a vivir la vida del hombre; peor para él, ya lo decían los griegos. Seguimos solos. Y sin ninguna duda es más lógico entender la vida como un espejismo al que se puede disipar con un Colt 38 en la boca.

Si Dios se encarnó para ser modelo de vida humana, la historia en general, y nuestra historia en particular, patentiza su fracaso. Fue un intento fallido. O, si se quiere ser “optimista” y contentarse con ser una pieza de descarte de un sistema colectivo, un engranaje; pues ese dios encarnado no fue mucha cosa, sólo la patada inicial de un partido que hasta ahora venimos perdiendo. El recurso a la reencarnación es mucho más original, consolador y creíble que esta “evolución” que se nos propone y que sólo puede ser creída en un instante de estupidez adolescente.

No se me ocurre que un Dios fuera tan tonto, para que después de que hayamos mostrado toda nuestra fragilidad, vuelva a dejar en nuestras manos el asunto para un repetido fracaso que se está prolongando hasta límites inimaginables y que siempre termina con nosotros clamando por una bocanada de oxígeno. Tampoco se me ocurre que sea tan cruel para que seamos piezas de descarte de un proceso. Claro, el modernismo intenta solucionar esta espera del “mañana que canta” con un despliegue inconmensurable de misericordia irracional e injusta que alcanza las “formas” pero que no acalla las conciencias; el consuelo de que Dios hará un cielo para las piezas fallidas no nos quita el mal gusto de ser una de ellas, de ser un proyecto trunco. Sin duda será un cielo “premio consuelo” el que se nos propone. Y mucho más se hace reprochable a Dios la vida, cuando su capricho nos pone en un momento de la historia en que sólo servimos como carne de cañón para los ensayos fallidos. Sin duda Dios no hizo la vida para mí, me dio una mala vida y se cebó en mí, para un futuro de otros. De hecho, es este el resumen de la vida de Cristo para el modernista humanista y este su “ejemplo”, un pobre tipo que tuvo una mala vida, con un peor final, para ser modelo de paciencia en la espera de una redención que vendrá mañana. Parece que él fue un ejemplo de pieza de descarte en este ensayo largamente repetido y largamente fallido del decurso de la “vida humana”. No mucho más que otros miles y bastante menos de lo que serán quienes alcancen la plenitud en el futuro. De esta manera somos cristos siendo “nosotros mismos”, soportando nuestras vidas como escalones de un proceso evolutivo que escala la humanidad pisando sobre nuestros malogrados cadáveres y, el destino de nuestras - sin remedio - confundidas almas, será satisfecho por una mágica y universal misericordia que deja sin efecto la justicia.

El humanismo y su canto a la vida no es otra cosa que una mentira que se hace evidente y que sólo ha provocado la más infame concepción de la vida humana como conquista de un instante de juventud placentera, para toda una vida de fracaso. Ha condenado al hombre concreto a ser un acto fallido al que hay que disculparle toda torpeza, en pos de un hombre abstracto y futuro que ya no cometerá ningún error. Aprovechamiento egoísta del poco tiempo feliz y disculpa anticipada de todos los vicios. Ha reducido la fe en Cristo a una confianza ilusionada sobre un ejemplo de sacrificio impotente, donde no importan los resultados actuales para el hombre que pisa y posa. Se trata de disfrutar la mesa de convite, y luego a vomitar; saber que se trabaja para un futuro incierto, de una conquista que no sabemos cuál será ni para quién, y en donde – por supuesto y dadas las condiciones - todo error debe perdonarse al punto de ya no considerarlo tal, sino solamente, parte de un desgraciado proceso.

Una religión imbécil y para imbéciles ha venido a ponerse en lugar de la Verdadera Religión. Pero con el problema de que las almas no son tan imbéciles, que tienen que hacer un enorme esfuerzo por tragar el bulo ya que si todos se lo creen, puede ser que pueda yo aprovechar mi corto tiempo en desmedro de los otros. Es un juego en que se acepta la estafa para buscar ser el beneficiado por el ardid, pero sabiendo en el fondo, que el beneficio ya se pagará caro. Es por un momento, cortito. La verdad es que sigue persistiendo la idea de que la solución es, en el momento justo, el Colt 38 en la boca, contra el paladar. Como verán, la democracia es la forma de vida por excelencia que se ajusta a esta religión. Una gran estafa de la que somos conscientes y a la que aguantamos porque queremos subirnos por un rato.

Ya casi no quedan cristianos inteligentes y mucho menos honestos; todos pujan por formar parte de esta masa imbecilizada y fraudulenta. El papado vomita imbecilidades como un poseso, “capacidad de soñar”, “revolución de la ternura”. Truchimanos, reyes de la cabriola, ya vendrá la parca con sus anos contra natura, con sus pulmones desinflados, con sus inundaciones de jugos corporales pestilentes, con su caca subiendo por los esófagos, para cocerte en la hoya de la agonía.
¿Hay en el relato evangélico una sola palabra que permita producir este equívoco? ¿Que nos permita pensar un Cristo como comienzo de un proceso, como patada inicial de un partido, como ejemplo de “vida humana” en el sacrificio de su plenitud para una plenitud futura? ¿Es que acaso se habla de un Dios tan bonachón que nos librara de toda esta miseria? ¿Que nos diera una fe y una esperanza falluta que terminan fracasadas en el quirófano?
Muy por el contrario yo veo un Dios que nos deja sufriendo nuestro destino de prevaricadores, sujetos siempre a la enfermedad, al pecado y a la muerte; sujetos a una vida que no puede sortear su destino implacable conseguido a fuerza de traición. ¿Derecho a la vida? Condena a la vida. ¿Esto querías? Esto tienes y nadie te salva de esto que buscaste. Hasta el fin reinará en la vida humana la muerte y la miseria. Te pesará la vida, te pesará la fe, te pesará la esperanza. Nada del Padre bonachón, mil millones de abortos lo atestiguan sin que derecho alguno a la vida lo pueda frenar. Sigues pariendo con dolor y sigues ganando el pan con sudor. La condena no ha sido levantada. (Amigo del alma, agonizas y nadie frena este horror). Todo puede ser torpemente perdonado, pero nada reparado. Se podrá perdonar al adúltero, al asesino, al abortista; pero seguirán dejando la estela del mal en la tierra, renovada y acrecentada hasta el fin de los tiempos, que serán aún más insoportables, en que la vida se hará un hilito más fino, en que la fe y la esperanza serán casi un grito lanzado al vacío.
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Pero lo que encontramos en el relato evangélico es muy otra cosa. Este “hombre”, que dijo a las claras ser Dios, que inaugura la “plenitud de los tiempos”, que dijo que “todo estaba consumado”, que Él era la Vida, que quien amara su vida perdía el alma; no estaba hablando para nada de un proceso, sino que muy por el contrario estaba hablando de “algo” que Él había producido de forma concluida y terminante para siempre. Que no se trataba de un Dios que venía a hacer la vida del hombre, sino que se trataba de un Dios encarnado que venía a traer al hombre una nueva vida. Que todo lo hacía nuevo. Pero esto que estaba haciendo y dando por terminado, no era una rectificación de la vida humana en la que se reparaba el funcionamiento de la creación, para que de ahí en adelante los hombres vivamos como ángeles; nuestra pena debíamos pagarla con vivir la vida humana que habíamos merecido, a la que teníamos “derecho”, ese mismo que tan orondos y estúpidos invocamos sin reparar en que se trata de una horrible condena, la misma del paraíso perdido. Se trataba de una nueva vida a la que “no teníamos derecho”. Vida que no tiene nada que ver con esta vida humana, vida de la gracia, vida misma de Cristo Dios, vida divina, que se nutre de caridad y que desde allí inaugura una nueva fe y una nueva esperanza. No se trata de espiar una vida futura, pues en la caridad, ya el alma y el cuerpo poseen algo concreto de esa fiesta que espían por la rendija. No una reparación de esta vida natural, sino una nueva vida sobrenatural, en la que ya no somos nosotros en nuestra pobre vida, sino que es Cristo en nosotros para otra vida, y la fiesta ya comienza en el alma que vive esta vida. Vida que se consigue viviendo y sufriendo esta amarga vida de la que no hay derecho adquirido de salirse; se trata de sufrirla, como Cristo mismo la sufrió, para reparar en el alma la posibilidad de adquirir una nueva vida.

En aquel hermano que agoniza, hay una vida humana que fracasa, pera también puede haber una vida divina que triunfa, junto a Cristo por su gracia, ya poseyendo algo concreto en lo que la fe reposa. Y si esta vida de agonía es el precio, pues es barata, y merecida, y vale cada minuto, y cada minuto dispuesto por Dios para cada uno de nosotros, es un minuto precioso y laudable; cada sufrimiento es una mínima cuota de precio por algo infinito, algo a lo que vamos a entrar por esa rendija no sólo con el alma, sino también con el cuerpo que recién allí será reparado por completo.

En fin. Cristo no inicia un proceso que continuamos. Cristo finiquita en un solo acto de potencia infinita la redención de la humanidad. Lo hace para cada hombre en cada tiempo, completo y total. No reconduce el proceso de caída de la vida humana, lo deja como estaba, pero le permite en su sufrimiento obtener una reparación de otra especie mucho más alta, enormemente más alta (abriendo en esta vía la posibilidad de un mejoramiento de las condiciones de vida humana, que por supuesto, desecharemos como nuestros primeros padres). Cumple la misericordia pero sin desmedro de la justicia. Con los méritos de Cristo y con la pobre moneda de dolor auto provocado nuestro, adquirimos esta nueva apertura. Pero claro, ese dolor que sufrimos en esta vida humana es tan ínfimo frente a la destrucción provocada, que para servir a la justicia mejor, toma nuestra vida humana y la sufre y se la hace sufrir a su Madre, dejándonos ese poquito que tenemos que sufrir nosotros y del que nos quejamos con grandes aspavientos, tratamos de mitigarlo por todos los medios posibles, nos revolvemos contra Él y buscamos un Colt 38.

La vida es un hilito, una nada, que hoy se consume en una sala de hospital para no dejar nada más que un efímero recuerdo. Pero cada minuto de esa vida que dura, si comparte la vida de Cristo en la gracia, es una victoria enorme de la humanidad, lograda por Cristo en justicia y misericordia. Nuestra fe y nuestra esperanza es un hilito que sólo cobra sentido en este misterio de la caridad, que consiste en ya poseer algo de lo prometido. Y el fracaso de la vida, el de la vejez, la enfermedad y la miseria, vienen a ser gratos y cobra sentido esta vida humana descartable.

Vive hermano cada minuto de ese hilito de vida, de ese hilito de fe, de ese hilito de esperanza, pues la enorme Caridad de Cristo hace de tu vida Su vida, y vale cada uno de sus minutos todo el sufrimiento de la vida.